Carrie es visceral pero Isaac…

Los baños femeninos son la panacea del ansioso.  Las puertas de los cubículos llegan hasta el suelo y hay que medir mínimo dos metros para poder asomarse por encima. Eran a prueba de mirones. Isaac lo sabía y por eso no siguió recto por el pasillo hasta el baño que le estaba asignado por ser hombre sino que giró a la derecha, se apoyó en la pared de la entrada y espió durante unos segundos. No escuchó ninguna voz real del interior. Los pasillos estaban vacíos. Intentó serenarse antes de entrar por si alguna banshee silenciosa se encontraba dentro y tenía que luchar una vez más. Descansó la frente en la pared de frías baldosas y suspiró; cuando volvió a inspirar lo hizo dándose las fuerzas suficientes como para entrar y encerrarse en uno de los cubículos con pestillo. En el transcurso de ese movimiento retuvo todo el aire en su pecho.

 El cambio duró unos segundos en los que mantuvo los ojos cerrados. Isaac pasó de la ansiedad angustiosa a la histeria silenciosa. Abrió los ojos y miró con quietud mientras todo se emborronaba a su alrededor según las lágrimas iban rebosando sus cuencas. El retrete era una masa blanca y las líneas de las baldosas empezaban a desdibujarse. Su boca se abrió en una mueca de grito mudo. Aunque el lloro era silencioso moqueó al coger aire. Las lágrimas corrían por sus mejillas, recorrían las arrugas de su cara y se metían en su boca. Eran saladas como las olas que rompen en la cara y te empujan contra la arena del fondo. Esa presión, tan fuerte, es la que le golpeaba en el pecho. No podía respirar.

Como poltergeist furiosos los recuerdos volvieron a él para jugar con su razón, su autoestima y sus emociones. Entraron a la vez y con ganas de guerra, despertaron a esa vocecita que siempre le decía «Es tu culpa», «Tienen razón, no eres bueno en nada», «Nadie podría querer a alguien como tú», «Idiota». Esa vocecita que al principio era como un débil susurro, una duda y que con el tiempo comenzaba a gritar más fuerte, a ser más grosera y a importarle una mierda que hubiese otra vocecilla que le replicase con preguntas: « ¿Por qué a mí?», « ¿Por qué yo no puedo?» « ¿Por qué no paráis?»

Isaac resbaló por la puerta hasta quedar en cuclillas. Metió la cabeza entre las piernas y se fue a ese sitio feliz que le daba escalofríos y le hacía sentir que debía seguir viviendo por algo. La impotencia golpeaba esa barrera transparente que le recubría, creando ondas expansivas que no le dejaban llegar a ese estado en el que solo era un ovillito apático. Tras unos minutos se enderezó. Se sintió encerrado, enjaulado; pero era mejor eso que enfrentarse a lo que había fuera. Más vale malo conocido que bueno por conocer.

Los hipidos comenzaron. Isaac cogió el último cuadrado de papel del suelo y se refregó la cara intentando borrar lágimas, saliva, mocos y sus propios ojos. Estaba harto de ver el mundo como si fuese el infierno. Puso las manos sobre sus orejas distorsionando el sonido ambiental y creando un cuasi vacío. El hipido continuaba. Sus músculos se tensaban contra su voluntad de forma violenta. Tampoco quería escuchar la voz de nadie, no quería ser juzgado, ridiculizado o humillado. La voz de su profesor llamándole estúpido resonó con eco como si hubiese surgido del váter, de forma tan devastadora que levantó la tapa y se movió junto a chorro de agua. Sintió ese agua en sus pulmones. Boqueó mientras su garganta se cerraba. No podía respirar con tanto hipo.
Isaac tuvo un momento de lucidez en el que pensó que se estaba volviendo loco. Un pequeño momento en el que analizó lo psicológicamente destrozado que estaba. Sopesó cuanta terapia necesitaría para poder seguir con su vida.

Justo en ese momento entraron dos chicas al baño. Una de ellas se metió en la cabina contigua. La otra abrió el grifo y siguió hablando con su compañera.

—A veces me da pena el chaval. Tiene un aura extraña. No le gusta ni a los profesores. — dijo desde afuera

—Ya ves, tía, es un raro. A nadie le gustan los raros. — Esta voz la reconoció. Como olvidarse. Melania.

—Pero, no sé, lo único que le pasa es que anda raro. — Isaac no sabía quién era esta chica.

—Tiene la pata de palo. — acompañó este comentario con risas. Se oyó como el chorro de pis no era uniforme.

—Creo que es tan raro por insultarle siempre. Se ha cerrado en sí mismo.

—Yo no puedo hacer nada, él es de una manera y yo de otra. ¿Te vas a empezar a ir con él o qué? ¿Le invitamos a una fiesta pirata? — El comentario dolió. La impotencia de ser juzgado por una enfermedad. ¿Cómo iba a cambiar algo así?

—No me quiero ir con él, pero no sé, tampoco me quiero pasar de insultarle.

—Pues no lo hagas, yo no te he visto insultarle nunca. —Y aún así la falsa ignorancia duele.

La víbora salió del nido y abrió el grifo.

—Bueno, que eso, pasa del tema. Vamos al recreo.

Las dos chicas salieron del baño y el bullicio comenzó. Todos los alumnos del colegio salieron de sus clases con gran revuelo. Despertando sus dormidas mentes. Isaac se quedó dentro del cubículo con la mente en blanco, sentado en el retrete y mirando fijamente las uniones negruzcas de las baldosas. Todo el mundo tiene un límite. Incluso Isaac. Cuando llegas al límite de sobrepasar emociones llegas a no sentir. Es cuando desaparece el brillo de tus ojos y las comisuras de tus labios hacen de pestillo. Ni feliz ni triste. Llega la desconexión con la realidad. La apatía.

Y a partir de aquí llegan los pensamientos suicidas.

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