Bajo la manta

«Un, dos, tres, al escondite…inglés. »

Giró la cabeza rápido y enfocó a sus compañeras. Patricia había quedado con un pie en el aire y se tambaleó.

«Un, dos, tres, al escondite…inglés. »

Giró la cabeza rápido y enfocó a sus compañeras. Patricia había quedado con un pie en el aire y se tambaleó.

—Patricia, te veo moverte. — dijo señalándola.

La niña rubita siguió en la misma postura, como haciendo yoga, con la cara impasible y tratando de parecer una piedra inamovible. Si seguía jugando y las demás no la habían visto moverse la creerían antes a ella que a Mónica.

—No vale mirar tanto, si te quedas una hora así está claro que nos moveremos. – replicó Marta que estaba con los brazos en alto y el pelo tapándole la cara.

Mónica estuvo unos segundos procesando esta información. Le dio la razón a Marta asintiendo con la cabeza.

—Empiezo de nuevo. Y solo puedo girarme…no sé ¿lo que tarde en contar 1,2 y 3? – informó Mónica de su nueva estrategia.

—Siiiiiiiiii – corearon el resto.

Mónica se volvió de cara a la columna de cemento y cerró los ojos.

«Un, dos, tres, al escondite inglés. »

Se giró y miró. Todas eran estatuas. Uno, dos y tres dijo en alto. Se volvió a dar la vuelta.

«Sin mover las manos ni los pies. » — siguió canturreando.

Media vuelta. No había manera de pillarlas.

— ¡Uno, dos y tres! —gritó mientras sus compañeras sonreían cada vez más cerca.

«Un, dos, tres, al escondite inglés. »

Se oyó a alguien saltar. Mónica se giró y vio a Patricia intentando mantener el equilibrio tas el salto.

—Patricia, la ligas, te estás moviendo.

Al sentirse pillada la chica miró a las demás y sentenció —Esto es un rollo, vamos a jugar a otra cosa.

— ¡Yo quiero jugar al fútbol! ¡No solo juegan los chicos! — exclamó Marta.

— Vaaaaale — contestaron las demás como corderillos siguiendo a su pastor.

Todas se dirigieron al campo donde se encontraban sus compañeros. Los mayores jugaban en la pista de abajo. Como eran los mayores les tocaba en la mejor pista y no querían la de arriba porque si se les iba el balón tendrían que correr escaleras abajo, y eso a veces se juntaba con cordones desabrochados y acababa en desastre. Además de que obligaba a parar el partido.
Cristina, Marta, Patricia y Mónica eran aún de las pequeñas de 4º de primaria, así que les tocó subir las escaleras para unirse con los chicos. Mónica no tenía muchas ganas de hacer nada, así que se pediría ser portera como siempre. Como todos los deportes tenía sus riesgos; los chicos se aprovechaban y chutaban contra ellas con afán de que se apartaran con tal de no ser golpeadas y así marcar. A veces es mejor la humillación que un balonazo en la cara. Si jugabas con ellos te arriesgabas a patadas en la espinilla y zancadillas que acababan en rodillas sangrantes.

— ¿Podemos jugar? — preguntó Patricia.

— Sí pero vais con el equipo que va perdiendo — les dijo uno sin siquiera pararse a mirarlas

—Yo quiero ser portera — Ante esta petición se giró para ver quién era.

—Mónica, eres muy mala y ya hay porteros.

Daniel siguió dándole toquecitos al balón sin mirarle a la cara. La niña no pudo ocultar lo mucho que le dolió esa afirmación.

—Ah…vale — su boca se cerró y sus mejillas se hundieron en la cara ya que se estaba mordiendo los carrillos por dentro para no delatar su tristeza. Un silencio incómodo se adueñó de la situación, todas seguían paradas a un lado del campo.

—Quédate ahí al lado y si alguien se cansa o se lesiona te cambias — dijo Dani rompiendo el silencio. Hizo un gesto a las demás para que se incorporaran al campo y les señaló  que se acercaran al otro capitán a hablar de la estrategia a seguir.

— ¿Dónde me pongo? — preguntó quedamente la niña marginada.

—Ahí, en la esquina de esa portería, donde se tira el córner.

La muchacha obedeció y se dirigió a su lugar cabizbaja.

La pista era de suelo verde y se erigía sobre un círculo de arena, lo cual hacía más peligroso este inocente deporte de recreo. La pista tenía múltiples rayas de colores. La línea de centro de fútbol, el lugar de tiro triple de básquet y las bases de beisbol, así que Mónica no tenía muy claro dónde ir. Al final se decidió por una esquina en la que un sauce daba sombra.

Aunque estaba a la sombra, el suelo estaba caliente y le hacía sudar las piernas. Intentaba moverse todo lo que podía pese a estar sentada para ventilarlas aunque viendo como chorreaban sus compañeros de equipo era la que mejor llevaba el calor.

Miró como jugaban. Se pasaban el balón entre ellos, pases cortos, hasta que uno más torpe y bruto chutaba con todas sus fuerzas y sin apuntar y acababan corriendo de un lado a otro del campo. Los defensas gritaban palabras de ánimo a sus amigos cuando atacaban y viceversa. Parecía que se lo estaban pasando en grande.

Tras unos minutos que parecieron una eternidad chutaron el balón hacía la portería con tan poca puntería que pasó por encima de la cabeza de Mónica y como iba con tanta fuerza  se fue hacia la zona más alejada del patio. Se quedó al otro lado de un montículo de tierra junto a la valla que comunicaba el colegio con un pinar.

— ¡Mónica, pásala! — le gritaron.

La chica se levantó y fue andando hacia el balón haciendo crujir la arena bajo sus zapatillas. Empezó a subir por el pequeño montículo y algo llamó su atención. Tras el pequeño muro de cemento que sostenía unos barrotes verdes que hacían las veces de valla había algo oscuro. Se puso de puntillas y acercó la cara a las barras de metal. Pudo distinguir una manta gris bastante roída, unos cartones y un par de latas. Eran todas de cerveza. La manta estaba en un sitio muy malo para sentarse, estaba como en un montículo de tierra y paja. Salvo que no era un montículo porque se movía. Y dejó entrever una zapatilla deportiva muy gastada.

Mónica se asustó. ¿Qué era eso? ¿Un mendigo? ¿Alguien muriendo? Dio un paso atrás mientras notaba como se le calentaban las piernas y se enfriaban su cabeza y sus manos. Por alguna extraña razón no podía dejar de mirar. Casi podía notar como sus párpados se habían quedado atascados, como cuando subes una persiana demasiado arriba y demasiado rápido. Al tener los ojos tan abiertos lo último que pudo ver, y jamás olvidará, fue un brazo mugriento, sarnoso y extremadamente largo que salió con celeridad de debajo de la manta y la cogía del cuello con saña. Le hizo atravesar la valla antes de que gritase y de que todo se tornara negro.

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Cuando preguntaron a los chicos de su clase oyeron toda clase de despropósitos. Uno decía que se había fugado de la escuela porque sus padres no la dejaban ser propietaria de una tienda de chucherías (esto parecía su plan de futuro). Una amiga suya dijo que había visto como saltaba la valla y se había roto los pantalones pero que le había dado igual y se había marchado con un chico más mayor que estaba al otro lado. Tras ser la pista más fiable se le interrogó en profundidad. Al pedirle más detalles la niña echó a llorar diciendo que se lo había inventado, que se le ocurrió la historia como una que había visto en la televisión (Esta fue castigada sin tele y obligada a copiar 100 veces “No debo inventarme historias”). Otro dijo que estaba jugando al escondite, para llamar la atención y que todos la buscásemos pero que nunca la encontrarían porque era muy buena jugando y que él ya se había despedido de ella (a este le mandaron a hablar con la psicóloga del colegio) y por último otro dijo que era un fantasma y que se aparecería ante sus padres si decían su nombre tres veces en mitad del patio a medianoche (A este le recomendaron un psicólogo profesional y muy privado).

 

Sean cuales fueran los motivos y las circunstancias de la desaparición, el caso es que nunca más se volvió a saber nada de la pequeña Mónica.
Nadie cree que siga viva.

Dios la tenga en su gloria.

 

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