Cariño, me llenas la cama de migas

carino

Nos acabábamos de mudar a un loft pequeño con altillo. Llevábamos un año de pareja y ya nos tocaba saborear la independencia. Fue emocionante a la par que agotador; nos dimos la mano por las mueblerías, discutimos precios y estudiamos el espacio para encajar como un rompecabezas.
Lo que más me gustó de volar del nido materno fue empezar a cocinar lo que me diese la gana. Daba gracias a poder comer sola al menos una vez al día para poder controlar los macronutrientes. Por la mañana delicatesen y por la noche menú infantil. Las espinacas no son plato de buen gusto para mucha gente y Diego era como un niño pequeño. Solo pasta con tomate y filetes empanados. Imposible hacerle comer algo de verdura que no fuese una ensalada. Una ensalada atípica, con mucha proteína y poca lechuga.

Diego trabajaba mucho. Según pasaban los días empezábamos a parecernos a esas parejas de cuarentones casados y cansados. Ella todo el día limpiando la casa sola y él llegando reventado del trabajo y deseando cenar.
Los fines de semana eran un lujo. Poníamos la música alta y él me invitaba a bailar mientras cocinaba. La pasta se me acababa por quedar blanda. No podíamos parar de reír y girar. Como dos tontos enamorados.

Dormíamos en la cama de matrimonio que elegimos juntos. En la colchonería de barrio nos tumbamos y supimos que ese sería el colchón definitivo.
A los dos nos encantaba dormir. Siempre teníamos un día de descanso total en fin de semana. No hacíamos planes y dormíamos hasta el mediodía. Como la cama era un elemento tan importante en nuestra vida compramos un caro edredón de plumas de pato que se resbalaba por el canapé como una gruesa capa de nieve sobre un tejado de madera.
La primera noche que lo probamos pasamos calor. Sobre todo yo que aunque era friolera dormía con un pijama bien grueso y junto al edredón formaban un combo exagerado. No fue una buena noche. Estaba siempre entre el sueño y la vigilia. Sacaba una pierna de debajo del edredón, luego la tapaba y destapaba la otra. En ese trance comencé a escuchar un ruido extraño. Era casi mecánico. Diego estaba dormido pero tragaba saliva y rechinaba los dientes. Ñic, ñic, ñic. El pobre estaría estresado y su bruxismo se hacía más obvio.
Le acaricié el brazo y paró. Abrió la boca y roncó con sonoridad. Mi tacto parecía tranquilizarle.

La noche siguiente, tras una guerra de cosquillas y mordiscos en los mofletes caímos rendidos en los brazos del otro. Esta vez no me despertó el calor sino el rechinar de sus dientes. Abrí los ojos y le miré. Pude verle gracias a la luz de la televisión que se quedaba encendida pero silenciada toda la noche. Estaba masticando en sueños. No estaba rechinando, parecía que mascaba un chicle. Lo hacía con la boca muy abierta, cual barriobajera, enseñando bien la lengua y las muelas. Me quedé mirándolo impasible hasta que paró.  Tragó saliva como si empujase una bola de comida hacia su estómago. Me recorrió un escalofrió.

La tercera noche no pude dormir. Dejé la lámpara de mesilla encendida con la excusa de leer. A Diego no le importó, tenía el sueño profundo. Esperé durante una hora y volvió a hacerlo. A masticar algo invisible. Ñac. Ñac. Ñac. Veía como su mandíbula se tensaba por el movimiento. Los dientes chocaban con violencia rompiendo el silencio de la noche. Tras masticar empezó a rumiar. Sí, como una vaca. Como si necesitase todo el tiempo del mundo para ese banquete noctámbulo. Como si estuviese en una parrillada y necesitase desgarrar la carne poco hecha con sus caninos. Luego tragaba. Siempre tragaba. Como si se le hiciese bola en la garganta y necesitase un trago de agua. La nuez subía y bajaba. La almohada apestaba a babas. No pude pegar ojo. Tenía miedo.

Dos semanas después, el domingo dijo que iba a cocinar él. Un buen entrecot. Que me veía más delgada y ojerosa y no lo podía permitir. Que me tenía que cuidar.
Mi paranoia no cesaba y se alimentaba de cada mirada lasciva que me lanzaba. No era lascivia, era hambruna. Hambruna de mí.
Me puso el filete en el plato junto a los cubiertos, los de carne con la empuñadura de madera bien afilados. Mi filete chorreaba aceite por toda su extensión. Corté un pedazo mientras miraba el suyo. Lo había cocinado dos minutos y tenía que estar frío. Cortó un buen pedazo y chorreó sangre. Apenas tenía color por fuera, estaba crudísimo por dentro. No de color rosado sino rojo.
Tras la comida en la que solo pude oír como sus dientes rompían la carne y tendones y como succionaba la grasa del filete, Diego se tumbó a hacer la digestión.
Esquivé una tarde de sofá y mantita alegando que tenía que responder a unos correos y planificar un par de eventos en mi agenda pero acabó interrumpiéndome con un masaje de hombros. Estaba parado detrás de mí, y yo estaba muy tensa. Y él era la causa de esa tensión. No podía dejar de pensar en que me estaba tocando igual que tocaba el filete al echarle sal gorda y pimienta. ¿Estaría pensando en relajar mis músculos para que mi carne supiese mejor? Comenzó a besarme el cuello. Me paralicé. Empezó a lamer. ¿Estaba probando mi punto de sal?

—Vamos a la cama — me susurró sugerente al oído. Saqué de mi cabeza toda preocupación. El hecho de alejarme de la cocina me aliviaba. Estaba paranoica. Tenía un novio con bruxismo que adoraba la carne. Fin. No había más.

Subimos las escaleras del altillo y nos tiramos en la cama.

—Cariño, ya sé que no se come en la cama pero…

Me mordió. Me desgarro. Me devoró.
Recibiría castigo pero nadie lo pudo impedir aunque todos lo oyeron.
Yo gritando y él royendo mis huesos.

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6 comentarios en “Cariño, me llenas la cama de migas

    1. ¡Gracias por leer, y mil gracias más por comentar!
      He intentado ser clara y concisa en cuanto a descripción ya que el concurso me permitía un máximo de 1000 palabras. He acabado con 990 recortando con la tijera de podar jajaja

      Me gusta

  1. ¡Hola, Lulu!

    Wow, wow y wow.

    Conforme avanzaba en la lectura la tensión se apoderaba de mí. El final es impresionante y la expectación que generas con tus palabras es… wow. Me ha gustado mucho tu relato. Ahora mismo pienso compartirlo por mis redes.

    ¡Un beso enorme! ¡Te leo pronto! 🙂

    Le gusta a 1 persona

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