Te deseo lo que yo no tengo

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Cuando era adolescente odiaba la Navidad. Para mi era una afrenta, como una bofetada en la cara con la mano abierta que me giraba la cabeza y me obligaba a mirar todo aquello que no tenía. Decoración, luces, cena especial, risas, familia y felicidad.
Por envidia, celos y malicia no deseaba a nadie una fiestas felices. Esa expresión había muerto para mi. Me negaba a participar en la Navidad tachándola de comercial; creyéndome superior moralmente por haber descubierto la mentira en la que se basaba. Intentaba tratar el día como uno más pero las técnicas de bloqueo mental que necesitaba ejercer para no echarme a llorar no eran las mismas de cualquier día. No podía mentirme a mi misma. Recordaba las primeras Navidades, las buenas; con papá, mamá, los hermanos, los abuelos, el árbol y la montaña de regalos envueltos en papel dorado. Con un regusto amargo y una mueca de aprensión y rabia contenida no podía evitar pensar en como había ido cambiando paulatinamente eso. Había ido perdiendo personas cada Navidad. Y éstas fechas no dejaban de recordármelo. Era un segundo aniversario funerario, el de la familia al completo. Incluso el árbol de Navidad que creía perenne e inmortal se pelaba de hojas y regalos. En estos peores días, los de crisis económica, se acabó el pelar gambas en la cena de Nochebuena para no pelar la cartera de billetes.

He crecido y todavía no amo la Navidad. Es una época melancólica llena de miradas anhelantes y suspiros. Este año, en Nochebuena, cenaré acompañada de mi madre, sin mantel ni cubertería de plata. Solo una tortilla de patata, ni muy seca ni muy cruda. Sin cebolla. Lo haremos en bata de andar por casa, mullida y caliente. La televisión llenará el silencio que compartiremos. No habrá sitio donde dejar los regalos por la noche, pero como no habrá nada que abrir en la mañana no será importante.
Al salir a sacar al perro felicitaré las fiestas al portero. También le desearé bien, con una sonrisa, a la cajera del supermercado y por supuesto, al vecino que pondrá las decoraciones tardías en su puerta antes de que llegue su familia para la cena. Aunque tenga el corazón en un puño por la añoranza de una fantasía que ya solo existe en mi cabeza. No dejaré que la envidia me ciegue. A mi historia yo la llamo el cuento de Navidad moderno. Te deseo lo que yo no tengo, porque sé lo que es perderlo.

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