Reto #5

5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Los norteños abandonaron sus tierras antes de morir masacrados; se anexionaron al reino del este, derrotados. Pero mantuvieron sus tierras intactas.

El reino del oeste rezaba al Dios de la Justicia y su fe era tan ciega que afirmaban que la justicia era que solo existiese él. ¿Cómo podían existir cuatro dioses? Era imposible. El Dios de la Suerte era contrario al de la justicia. Pensar que un Dios pudiese ser capaz de castigar por azar era inimaginable. Una abominación. Una patraña. Un Dios tampoco podía ser misericordioso, como afirmaban los norteños. No. Eso no era ser justo. Y en cuanto al Dios Gris…

Cuando los norteños abandonaron sus casas de piedra plomiza en las faldas de las montañas para hacer el peregrinaje al ‘valle de los arrodillados’ pensaron que se convertirían a su fe. Que se doblegarían ante ellos. No al este ni al sur: al oeste, donde la vida era explosiva y de múltiples colores chillones. Era lo justo. Lo esperado. Pero a los norteños les había abandonado el Dios misericordioso que no salvó su hueste de niños guerreros. Fue una estrategia estúpida digna de herejes. Y por ello no creían ni en misericordia ni justicia. Se les había arrebatado el futuro. No es que se sintieran traicionados por su Dios. Era incomprensible su existencia ya que las criaturas habían muerto. El futuro del norte que no plantó cara sino que lloró y se arrodilló. Ninguna región hablaría pronto de esa batalla. Pero jamás la olvidarían.

Cuando llegaron al valle les convencieron las promesas de suerte que venían arrastradas por los vientos marinos del este, donde el océano escupía perlas y víveres y donde los niños no eran mandados a la guerra por su Dios. No contemplaron la posibilidad de la mala suerte, se arrojaron a los brazos de otro Dios, despechados.

A partir de ese momento la guerra santa se volvió más inclemente. El este había ganado conversos y su Dios se mostraba generoso. Los cruzados de la fortuna tenían  buen acero, lustrosos caballos y catapultas. Cada vez que se divisaba una lucha en el horizonte la tierra de Partugeon temblaba al andar sus tropas camino del valle de los arrodillados, en el centro de la ínsula del mundo.

El oeste no tenía nada que envidiarles terrenalmente. Sus tierras eran regadas por un río generoso, sus animales eran rollizos y sus bebés eran rosados. Era lo justo pues adoraban al Dios verdadero. No podía ser de otra forma.

Entrenaron a sus tropas con ahínco durante la muda tregua tras la batalla de los ángeles caídos. Se dedicaron también a imitar el metal de sus vecinos viendo que era superior al vasto cuero que usaban. Cosecharon la tierra hasta que los graneros estuvieron a rebosar, pero quizá, un embrujo o la mala suerte, injusta, se cebo con ellos.

Eurinn recuerda como fue todo:

primero llegaron las plagas que acabaron con todo el cereal cultivado. Fue múltiple pues infestó también todos los árboles frutales. Las jugosas frutas se podrían y caían, envenenadas como el acero del este. Cuando varias chocaban contra el suelo podía recordar la risa de sus enemigos en el campo de batalla. Una risa enloquecida que rompía la tensión como un rayo en un día soleado. Era inusual, pero ellos lo hacían. Fruto, quizás, de un enloquecimiento tras el avistamiento de misteriosos monstruos marinos.

Luego llegaron las epidemias que diezmaron el ganado. Los cerdos enfermaron y murieron antes de que pudiesen ser sacrificados. La carne quedó tiesa, dura; inmasticable. Las ovejas dejaron de dar leche y se les cayó la lana que rodó por los prados secos dejando a los pueblos sin la materia prima que usaban para taparse del frío. Sin su leche tampoco se podían hacer quesos curados con los que superar la pérdida de alimentos que ocasionaron los cerdos contaminados. Hubo que sacrificarlas por su carne, de peor calidad que la de los puercos pero igualmente, necesaria. Era pedida a gritos tras las raciones exiguas de cereal desaborido.

Y al fin llegó, lo que creyeron su última injusticia: la hambruna, que se instaló para quedarse, robando la vida en todos los pueblos del oeste. La hambruna dio paso a una locura colectiva. Hubo pueblos enteros que viajaron a la capital buscando el amparo de sus majestades. Por mucho que aporrearon las puertas del palacio no fueron recibidos. Estaba cerrado a cal y canto. Las calles de la capital no se llenaron de rezos a su Dios sino de preguntas hechas al aire y sopladas con la última fuerza de unos pulmones agonizantes para que llegaran al cielo. «¿Por qué merecemos este castigo?» «¿No te hemos contemplado lo suficiente?» «¿No hemos matado suficientes herejes?» «¿Por qué crees que nos merecemos la injusticia?»

El arrodillamiento masivo no era por la contemplación, sino por la fragilidad de los músculos.

Cuando los más tercos y reacios a morir siguieron labrando la tierra, consumidos por su propio cuerpo, se dieron cuenta de que no había llovido. Toda tierra alejada del reguero de lo que fue un buen río estaba secándose tanto como ellos. Se abrían grietas que prometían engullirles, llevándolos a un infierno del que no podrían salir. La naturaleza les dejó a su suerte, alejándose de ellos como si estuvieran corruptos, pintados por un betún asfixiante que no pudiesen romper con sus raíces.

Los pueblos estaban habitados por cadáveres andantes; esqueletos trabajadores recubiertos por una fina capa de piel curtida, de una corrupción que los salvaba solo para mantenerles prisioneros de su propia pesadilla. Una injusticia.

Unos cuantos, los más resolutos, abandonaron sus pueblos y peregrinaron al valle de los arrodillados buscando la salvación, anunciando su llegada con el renqueo de sus cojeras y el choque de sus huesos.

Eurinn no llevó nada consigo. No quería tener nada que le recordase la injusticia que le había tocado vivir. Su Dios le había traicionado. Solo había un Dios al que rezar ahora, el Dios de la Suerte, pues él traía la buena y la mala. Una dualidad que no existía en la fe del Dios de la Justicia: una fe falsa. Por ser siervos de una fe fraudulenta, habían sufrido  el envenenamiento de la comida y el empantanamiento de las aguas porque existía y era el verdadero. Les había castigado para demostrar su superioridad.

Cuando Eurinn llegó al valle se arrodilló frente a la montaña de huesos que amenazaba con alazarse más alta que las colinas lindantes. No fijó la vista en los cadáveres olvidados a la intemperie de herejes que lo llenaban y miró al este.

Una pequeña hueste se posicionaba en aquella montaña, desde la lejanía le hicieron un gesto religioso. El único. Se taparon el ojo derecho y levantaron sus barbillas con la mano izquierda. Eurinn hizo lo propio. Una lágrima resbaló por su mejilla izquierda, la otra se escondió bajo su mano. El Dios de la Justicia había muerto.

esthetic

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